Juan Harvey Caicedo

Cobardía

Juan Harvey Caicedo


Si señor

Yo también tuve veinte años de existencia florecida
cuando uno se cree el más macho
capaz de todo en la vida
no le teme a los obstáculos, ninguno nos intimida
ahí no se cree en la vejez, la soberbia indesmedida
fogosidad juvenil por todos lados se respira
pero no nos damos cuenta ni cuando se nos termina

Es un orgullo tener un amor en cada esquina
y dejar una muchacha en cinta, es gesta elucida
piensa uno ser el más macho que halla existido en la vida
Yo también tuve de patas compadrito, esa metida

Ella una chica especial
Una noche pensativa me comunicó el suceso
y le dí la despedida
no era porque no la amara, para mi era muy querida
pero yo un irresponsable, vagabundo sin medida, le dije
Debe abortar! ¿Qué no?
¿Por qué entonces no se cuida?
sin pensar que mi expresión iba en veneno homicida
Amor mío no hagamos eso, eso el cielo lo castiga
¡Que cielo ni que carajo, la vaina está decidida!
o lo botas, o te quedas solita con tu barriga

Yo sentí que la maté, ese día no se me olvida
lloriqueaba y respiraba, pero estaba muerta en vida
porque el fruto de un amor que le ofrecí sin mentiras
al que hospedaba en su vientre, inigualable guarida
esa criatura inocente, estaba comprometida
sin más pecado que ser hijo de una rata genicida

El médico, que canaya, si esta acción es prohibida
por ganarse algunos pesos la acolita y la incentiva
maldecido mata-sano y culpable de mi herida
la que llevo en mis entrañas, que me carcome y calcina
el cuarto lóbrego, triste; ella en la cama tendida
al lado de ella un embrión de carne casi podrida
un angelito inocente con su mirada escotida
no llevaba en su alma fresca rencores, menos intrigas
yo quería que reprochase esa mi acción tan indigna
pero él sí era un barón, un barón de esos
que en el pecho anidan
timidez y valentía, y para un problema salida
y un barón no se rebaja hablando con un homicida

El cuarto lóbrego, triste, ella en la cama tendida
al lado de ella, mi hijo, su carita desteñida
rictus de muerte no había en su boca enmudecida
sus manitas impolutas y de ternura curtidas
ese talle, esa altivez que a cualquier dama cautiva
y un pechito, como el pecho de un potrico en estampida
era sangre de mi sangre, era vida de mi vida
¿Dónde está el macho que dice
que el lloro es de femeninas?
que se acerque y lo confirme, o sino que venga y diga
que nunca alcanzarán lágrimas para lavar las heridas
heridas que dejó el puñal de infamia
de aquella acción indebida

En las noches taciturnas cuando un lucero titila
pienso que él desde allá sin rencores me vigila
quiero pedirle perdón o que alguien por mi lo pida
pero la conciencia me arde me grita, ¿pa'qué lo mira?
ya no tengo alma completa, está más que dividida
tengo pedazos de alma porque la tengo partida
si es verdad que existe Dios y al que peca lo castiga
conmigo si se fregó, perdió toda la partida
porque no existe castigo ni en ésta ni en la otra vida
pa'golpear como se merece a mi infame cobardía

Letra enviada por Leandro Saueia

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