No me diga, pobrecita, que hace solo una semana con el alma acongojada, destrozado el corazón, como tantas tardecitas, asomada a la ventana, esperó que yo volviera por el mismo callejón. Y perdida la esperanza no aguantó la madrugada, con mi nombre entre sus labios, para siempre se durmió. Basta viejo, se lo ruego, no puedo escuchar más nada, pero usted no me perdone lo que mama perdonó.